lunes, 15 de abril de 2013

La gallina degollada

HORACIO QUIROGA

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
-¡Hijo, mi hijo querido! -sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
-A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
-¡Sí!... ¡Sí! -asentía Mazzini-. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...
-En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores. Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
-Me parece -díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos-que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
-Es la primera vez -repuso al rato- que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
-De nuestros hijos, ¿me parece?
-Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? -alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
-¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
-¡Ah, no! -se sonrió Berta, muy pálida- ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... -murmuró.
-¿Qué, no faltaba más?
-¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
-¡Dejemos! -articuló, secándose por fin las manos.
-Como quieras; pero si quieres decir...
-¡Berta!
-¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
-¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .
-Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: -¡No, no te creo tanto!
-Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a tí. . . ¡tisiquilla!
-¡Qué! ¿Qué dijiste?...
-¡Nada!
-¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
-¡Al fin! -murmuró con los dientes apretados-. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
-¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
-¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
-¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
-¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
-¡Soltáme! ¡Déjame! -gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
-¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! -lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
-Mamá, ¡ay! Ma. . . -No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
-Me parece que te llama-le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
-¡Bertita!
Nadie respondió.
-¡Bertita! -alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
-¡Mi hija, mi hija! -corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
-¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

domingo, 10 de marzo de 2013

Leopoldo Lugones




Bajo la calma del sueño,
calma lunar de luminosa seda,
la noche
como si fuera
el blanco cuerpo del silencio,
dulcemente en la inmensidad se acuesta.
Y desata
su cabellera,
en prodigioso follaje de alamedas.

Nada vive sino el ojo
del reloj en la torre tétrica,
profundizando inútilmente el infinito
como un agujero abierto en la arena.
El infinito.
Rodado por las ruedas
de los relojes,
como un carro que nunca llega.

La luna cava un blanco abismo
de quietud, en cuya cuenca
las cosas son cadáveres
y las sombras viven como ideas.
Y uno se pasma de lo próxima
que está la muerte en la blancura aquella.
De lo bello que es el mundo
poseído por la antigüedad de la luna llena.
Y el ansia tristísima de ser amado,
en el corazón doloroso tiembla.

Hay una ciudad en el aire,
una ciudad casi invisible suspensa,
cuyos vagos perfiles
sobre la clara noche transparentan,
como las rayas de agua en un pliego,
su cristalización poliédrica.
Una ciudad tan lejana,
que angustia con su absurda presencia.

¿Es una ciudad o un buque
en el que fuésemos abandonando la tierra,
callados y felices,
y con tal pureza,
que sólo nuestras almas
en la blancura plenilunar vivieran?...

Y de pronto cruza un vago
estremecimiento por la luz serena.
Las líneas se desvanecen,
la inmensidad cámbiase en blanca piedra
y sólo permanece en la noche aciaga
la certidumbre de tu ausencia.

sábado, 2 de marzo de 2013

Baile de sombras. Romanticismo


Por Carlos Martínez Silva


Hace algunas noches que, cabizbajo y distraído, seguía el camino de mi casa, por una oscura y desierta calle. De repente sentí música, alcé la cabeza y vi una casa iluminada: evidentemente allí había un baile.
Como nada tiene eso de raro, me disponía a seguir; pero como descubriera que sobre la pared que quedaba al frente de la casa iluminada, pasaban y repasaban las sombras de los danzantes, me detuve.
En aquel momento se celebraban, pues, dos bailes: uno en la sala, otro en la calle.
En el primero había hermosas damas, apuestos caba­lleros, fisonomías animadas por el fuego de la pasión, trajes de crujiente seda, perfumes y blandones, todo cuan­to halaga los sentidos y exalta el corazón.
El baile de las sombras era triste en todos sentidos: se celebraba en una calle oscura y fría; los convidados es­taban vestidos de negro, no se reían, ni conversaban; te­nían rígidas las facciones, apagada la vista.
¡Qué contraste aquél! ¡Qué fuente de serias y profun­das reflexiones para el que, como yo, contemplaba fría­mente desde la mitad de la calle esas dos danzas, que al fin no eran sino una sola!
-¿Quiénes son, me decía, dejándome llevar por la imaginación, estos tristes danzantes, de formas vagas, que durante un largo rato han dado vueltas y revueltas, sin hacer ruido, penetrándose los unos a los otros, y que de pronto han huído en tropel entre las sombras de la noche?
¿Serán jóvenes de esas de que habla Bello en los Fantasmas, arrebatadas aí mundo en la primavera de la vida, entusiastas por el baile, que se estremecen en la tumba, al ruido del sauce mecido por el viento? ¡Ah! sin duda a la silenciosa morada que habitan llegaron las dulces notas de la flauta; no pudieron resistir a su atractivo, y pidieron permiso a la guardadora del cementerio para venir a participar de la loca diversión de los mundanos, que tanto las arrebató en vida.
No se atreven a entrar a la sala del baile; y hacen bien. ¿Qué irían a hacer a ese recinto, reverbero de todos los placeres sensuales, esas pobres jóvenes que hace años purgan en las soledades de la tumba las leves faltas co­metidas en vida? ¿Quién reconocería, por otra parte, en­vueltas en sus negros ropajes y adornadas con mustios y ajados azahares, a la espiritual Margarita, a la airosa Tu­lia, a la delicada Amelia?
Ellas sí ven y conocen a sus antiguas amigas, ebrias de placer, jadeantes, sonrosadas, que olvidadas de todo, hasta de Dios, giran en revuelto torbellino, guiadas por las notas de una flauta y en brazos de almibarado mo­zalbete.
Ayer, en ocasión semejante, todas reunidas, las que aún viven y las muertas ya, se entregaban a hermosos proyectos y acariciaban gratas ilusiones. Todo era enton­ces risueño y de color de rosa: ni una nube en el hori­zonte, ni una angustia en el corazón, ni un triste presen­timiento. Hablaban de sus esperanzas, de sus ensueños, de sus castos amores. ¡Hoy... unas de ellas habitan la ciudad de los muertos, de donde las hemos visto salir en altas horas de la noche; las otras se han olvidado desus amigas, siguen bailando, riendo, coronándose de ros­as!
¡Dios las haga felices y no permita que la reina de los sepulcros venga tan pronto a llevárselas a aumentar su corte!
En todas las cosas hay siempre una parte que se ve, y otra que no se ve, y ésta suele ser la verdadera.
En un baile, la ilusión, el deslumbramiento estarán dentro de la sala, ¿y será la realidad el lúgubre cuadro que se ofreció a mi vista y que otros habrán contemplado?
Unas cuantas sombras, tristes, rígidas, que dan vuel­tas sin concierto, ¿serán, pues, la desnuda esencia, la ver­dadera forma de un baile?

lunes, 25 de febrero de 2013

Poesía romántica latinoamericana


La sonrisa de la mujer y el alma del poeta
José Eusebio Caro (Colombia)
(1817 - 1853)


Hay en mi sér potencias adormidas,
hay en mi mente ocultos pensamientos,
hay en mi corazón presentimientos
cuyo poder y cuyo fin no sé:
como a la madre son desconocidas
las formas de ese sér misterioso
que entre su seno bulle tembloroso,
y es algo ya, mas nadie sabe qué!
 
¡Mas cuando estoy contigo y a tu lado,
y oigo tu voz y miro tu sonrisa,
siento pasar por mí de Dios la brisa,
siento nacer un hombre nuevo en mí!
Y entonces, dominando lo pasado,
y el vago porvenir y lo presente,
en cerco inmenso ensánchase mi mente,
cuyo foco de vida irradia en ti!
 
Entonces las potencias que en mí callan,
una tras otra, a mi presencia llegan,
y juntas, ya, radiantes se despliegan
cual aureola en torno de mi faz:
fuerzas de amor ignotas en mí estallan,
y soy capaz de cosas buenas,
grandes, capaz de todo cuanto entonces mandes,
y de martirio y de virtud capaz!
 
Oh! cuando al fin mi alma desprendida
del barro vil, a Dios levante el vuelo,
no dará tánta luz allá en el cielo
cual la luz que a tu lado esparce aquí!
Y el serafín, custodio de mi vida,
al presentarse a mí por vez primera,
sonrisa no traerá tan hechicera
cual la sonrisa que hoy adoro en ti!


EN UN ÁLBUM

 GREGORIO GUTIÉRREZ GONZÁLEZ (Colombia)

   La suerte venturosa o desgraciada
Del mortal, en tus ojos va esculpida;
La muerte está con su desdén ligada,
La vida está con su cariño unida.
Si la vida has de dar con tu mirada
Feliz aquel a quien le des la vida;
Mas, si muerte han de dar tus ojos bellos,
Será dulce morir, morir por ellos !



AYER Y HOY

 RAFAEL POMBO (Colombia)


Tú que conmigo retozabas tierna,
Cuando me ves te ruborizas hoy;
Dejé una niña y encontré una reina;
Era tu amigo, tu vasallo soy!
Mi mano ayer te acariciaba niña,
Y en mis rodillas te sentaba yo,
Y sollo hallabas en mis labios risas,
Y un beso al verte y al decirte adiós.
Tiembla hoy mi mano al estrechar tu mano
Calla hoy mi voz al percibir tu voz;
Y al verte, absorto, deslumbrado, estático
Pienso que es sueño o el ayer o el hoy.
Vuélveme, oh virgen, del ayer mis risas,
Vuélveme un beso de mis besos mil;
Hoy no me niegues la infantil caricia
Que ayer mil veces me volvió feliz.
Somos los mismos: unos mismos sean
En mí el cariño, la inocencia en ti:
No olvides hoy entre tu pompa, oh reina!
Que fuiste ayer mi blanco serafín.

MORIR DE AMOR
Juan Clemente Zenea (Cuba)
Ven, pajarillo, a mis prados,
ven a posarte en sus calles
sobre un lirio de los valles,
sobre un ciprés temblador;
alégrame con tus trinos,
muestra al sol tus lindas galas,
y arrúllame con tus alas
que estoy muriendo de amor.

Sauce verde en cuyas hojas
la luna su rayo quiebra,
cuyas ramas te celebra
el viento murmurador;
tú que en horas de ventura
susurrando me dormiste,
concédele sombra al triste
que está muriendo de amor.

Te mandé un suspiro anoche,
mas puede haberse perdido,
y acaso estará escondido
en la copa de una flor;
o errante sobre una fuente
tal vez mi mensaje olvida,
y no te anuncia, ¡oh Mercida!,
que estoy muriendo de amor.

Tú que a vivir me enseñaste,
tú que mis penas consuelas,
querubín que alegre vuelas
en torno del trovador,
déjame aspirar la esencia
que de tus labios exhalas,
y cúbreme con tus alas
que estoy muriendo de amor.


Canto Fúnebre

José Antonio Maitín

(1804 - 1874 -- Venezolano)

I

Llegaron - !oh dolor!, las tristes horas
de un pesar para mí desconocido.
Ilusiones de paz encantadoras,
contentos de mi hogar, os he perdido.
Perdí el único ser que más me amaba,
la compañera tierna de me vida,
cuya mano de esposa me alargaba cargada
de cariño y beneficios,
en cuyo corazón sólo encontraba
amor, abnegación y sacrificios.
ella era mi universo, mi energía,
mi porvenir, mi fuerza, mi conciencia;
era ella a quien debía
el sosiego feliz de mi existencia,
de mis serenas horas la alegría,
mi descanso, mi paz, mi independencia. 




ESTANISLAO DEL CAMPO
(1834 - 1880)

GOBIERNO GAUCHO

Tomé en casa el otro día
tan soberano peludo,
que hasta hoy, caballeros,
dudo si ando mamao todavía.

Carculen cómo sería
la mamada que agarré,
Que, sin más, me afiguré
Que yo era el mesmo Gobierno,
Y más leyes que un infierno
Con la tranca decreté.

Gomitao y trompezando,
Del fogón pasé a la sala,
Con un garrote de tala
Que era mi bastón de mando;
Y medio tartamudiando,
Y con el pelo en la frente,
A causa del aguardiente,
Los ojos medio vidriosos,
Y con los labios babosos,
Hablé del tenor siguiente:

"Paisanos: -dende esta fecha
El contingente concluyo;
Cuide cada uno lo suyo
Que es la cosa más derecha.
No abandone su cosecha

El gaucho que haiga sembrao:
Deje que el que es hacendao
Cuide las vacas que tiene,
Que él es a quien le conviene
Asigurar su ganao".

"Vaya largando terreno,
Sin mosquiar, el ricachón,
Capaz, de puro mamón
De mamar hasta con freno;
Pues no me parece güeno
Sino que, por el contrario,
Es injusto y albitrario
Que tenga media campaña,
Sólo porque tuvo maña
Para hacerse arrendatario".

"Si el pasto nace en el suelo
Es porque Dios lo ordenó,
Que para eso agua les dió
A los ñublados del cielo.
Dejen pues que al caramelo
Le hinquemos todos el diente,
Y no andemos, tristemente,
Sin tener en donde armar

Un rancho, para sestiar
Cuando pica el sol ardiente".

"Mando que dende este instante
Lo casen a uno de balde;
Que envaine el corvo el Alcalde
Y su lista el Comendante;
Que no sea atropellante
El Juez de Paz del Partido;
Que a aquel que lo hallen bebido,
Porque así le dio la gana,
No le meneen catana
Que al fin está divertido".

"Mando, hoy que soy Sueselencia,
Que el que quiera ser pulpero,
Se ha de confesar primero
Para que tenga concencia.
Porque es cierto, a la evidencia,
Que hoy naides tiene confianza
Ni en medida ni en balanza,
Pues todo venden mermao,
Y cuando no es vino aguao
Es yerba con mescolanza".

"Naides tiene que pedir
Pase por otro Partido;
Pues libre el hombre ha nacido
Y ande quiera puede dir.
Y si es razón permitir
Que el pueblero vaya y venga,
Justo es que el gaucho no tenga
Que dar cuenta a donde va,
Sino que con libertá
Vaya a donde le convenga".

A ver si hay una persona
De las que me han escuchao
Que digan que he gobernao
Sin acierto con la mona;
Sáquemen una carona,
De mi mesmísimo cuero,
Sino haría un verdadero
Gobierno, Anastasio el Pollo,
Que hasta mamao es un criollo
Más servicial que un yesquero.

Si no me hubiese empinao
Como me suelo empinar
La limeta, hasta acabar,
Lindo lo habría acertao;
Pues lo que hubiera quedao
Lo mando como un favor
Al mesmo gobernador
Que nos manda en lo presente,
A ver si con mi aguardiente
Nos gobernaba mejor. 

Modernismo. Texto Teórico.

El gesto romántico del modernismo : La figura cenital de Rubén Darío William Marín Ospina
El denominado romanticismo hispanoamericano hunde sus raíces históricas en el movimiento social y político liderado por los intelectuales de la independencia. Durante el siglo XIX, la poesía empieza a consolidarse como la expresión del carácter de una época signada por las convulsiones sociales. Sus temas serán entonces los hechos gloriosos de la independencia, el canto a la naturaleza, el tono pedagógico y doctrinario; un proyecto estético fundado en el culto a las formas neoclásicas. El presente artículo intenta dibujar un camino de encuentro con la palabra vital: el gesto romántico del denominado movimiento modernista que viene a inaugurar en el contexto hispanoamericano nuestro verdadero romanticismo.


El modernismo hispanoamericano
Con la Revolución de Independencia que culmina con la separación de la tradición española hacia la primera mitad del siglo XIX, se inaugura un movimiento de crítica, de acción política, ante la corrupción de las nacientes repúblicas. Hacia la segunda mitad del siglo XIX los intelectuales abrazan la filosofía de Auguste Comte y Herbert Spencer, arquetipos de la ciencia y el progreso. El positivismo en América Latina no fue la ideología de una burguesía liberal interesada en el progreso, sino de una oligarquía de grandes terratenientes.
Hacia 1880 surge el modernismo hispanoamericano, un movimiento que al decir de Don Federico de Onís constituyó la crisis universal de las letras y del espíritu (la forma hispánica de esa crisis). Nos dice Paz:
El modernismo hispanoamericano es, hasta cierto punto, un equivalente del parnaso y del simbolismo francés, de modo que nada tiene que ver con lo que en lengua inglesa se llama Modernism. Este último designa a los movimientos literarios y artísticos que se inician en la segunda década del siglo XX; el Modernism de los críticos norteamericanos e ingleses no es sino lo que en Francia y en los países hispanoamericanos se llama Vanguardia (5).

El modernismo fue entonces la respuesta al positivismo como lo señala Paz en el epígrafe de este ensayo, pero el positivismo entendido no como un método científico, sino como una ideología. La reacción del modernismo fue de una nueva sensibilidad e imaginación ante la visión fría de la realidad que el positivismo postulaba.
Como un auténtico movimiento poético el modernismo se inicia como una adaptación de la poesía francesa en nuestra lengua, y se inicia antes en Hispanoamérica que en España. ¿Por qué? La razón fundamental de este hecho la determinaría el marco de la Independencia y el positivismo que afectaron el sistema de creencias de los intelectuales hispanoamericanos. Así se cristaliza un movimiento contra el vacío espiritual de la época. Es comprensible entonces que el poeta modernista se sintiera atraído por la poesía francesa, su sensibilidad, su estética.
El afrancesamiento de los modernistas se derivó de su cosmopolitismo. París fue el centro de una estética, su estética. Este cosmopolitismo les permitió a los intelectuales hispanoamericanos conocer otras literaturas, y así mismo volver los ojos sobre la identidad americana al revalorar el pasado indígena. Esta actitud constituye una crítica a la modernidad y al «progreso» que empieza a tejerse en la sociedad de fines de siglo. La experiencia del Imperialismo que entonces empezaba a acosar al poeta modernista (intervenciones de Estados Unidos en América Latina, conflicto de visiones del mundo), se traduce en la recuperación del mundo hispánico.
La figura cenital de Rubén Darío
Entre 1880 y 1890, casi sin conocerse entre ellos, dispersos en todo el continente -La Habana, Méjico, Bogotá, Santiago de Chile, Buenos Aires, Nueva York-, un puñado de muchachos inicia el gran cambio. El centro de esa dispersión fue Rubén Darío: agente de enlace, portavoz y animador del movimiento. Desde 1888 Darío usa la palabra modernismo para designar a las nuevas tendencias. Modernismo: el mito de la modernidad o, más bien, su espejismo. ¿Qué es ser moderno? Es salir de su casa, su patria, su lengua, en busca de algo indefinible e inalcanzable pues se confunde con el cambio» (6).
El amor al lujo y al objeto inútil es una sincera crítica al sistema burgués, que resume el mundo que les tocó vivir a los poetas hispanoamericanos de fines de siglo. En Europa se criticaba la industria (Rimbaud), la idea de progreso como algo grotesco (Baudelaire). El hispanoamericano de entonces no tenía la experiencia de la modernidad, porque nuestras naciones no eran modernas, no era su realidad la industria, la democracia y la burguesía, pero sí las oligarquías feudales y el militarismo. Este fue el marco en que escribió Darío. Y este fue el signo de las letras de fin de siglo: «Los presidentes latinoamericanos de fin de siglo: jeques sangrientos con una corte de poetas hambreados»(7).
El rey burgués, símbolo de una época
Por un período que cubre de 1880 a 1920 fue cultivado el cuento por los modernistas. Fue el punto de vista de una estética, un lenguaje que expresa una renovada sensibilidad, una reacción contra el romanticismo, el realismo y el naturalismo. Su énfasis es la expresión de la sensibilidad artística, tanto desde el punto de vista de su temática, como del estilo.
En su afán de crear el arte por el arte, los modernistas rechazaron las historias sentimentales y los episodios melodramáticos de los románticos; los cuadros demasiado localizados de los realistas y los estudios demasiado «científicos» de los naturalistas. El héroe modernista era el artista (o sencillamente el hombre) sensible, incapacitado por la sociedad burguesa que lo rodeaba (8).
El rey burgués se publica en el año de 1887 en el periódico La Época de Santiago de Chile, más tarde fue incluido en Azul, libro que reúne versos y cuentos y que marca un precedente para la literatura hispanoamericana. Darío se empeñó en la renovación literaria del idioma español. Se expresa su mayor innovación en los cuentos:
«los cuales alcanzan gran brillantez por su imaginativa temática, el lenguaje, la forma y la estructura, marcando así un evidente contraste con el romanticismo naturalista» (9).
Como José Fernández (alter ego de Silva en De sobremesa), aquí el poeta es el núcleo de la acción, frente al rey burgués que simboliza el poder y el orden de un mundo sofisticado rodeado de comodidades, lujo y exotismo. El exotismo se revela claramente como el recurso estilístico propio del movimiento modernista (japonerías, chinerías, objetos de arte, columnas de alabastro, leones de mármol como los de los tronos salomónicos, refinamiento). Así mismo, el tratamiento de la ironía consolida la estilística modernista (en la pregunta: ¿era un rey poeta? No, amigo mío: era el rey burgués). También constituye parte del escenario creado por el poeta, el mundo clásico: diosas, musas, ninfas, sátiros.
El rey burgués es la síntesis de la época; revelador de las profundas transformaciones en la estructura social derivadas del positivismo y la economía, que generan el proceso de urbanismo de la sociedad hispanoamericana de fines de siglo. Ya se ha inaugurado un cambio de tono en la poética: la autonomía poética frente a la península, independencia frente a los temas románticos y naturalistas. El poeta es la voz que se levanta ante la figura del burgués para criticar un estado de cosas que estructuran el mundo: las relaciones de poder impuestas por el mercado económico que es el signo de la época finisecular. Es la condena al vacío espiritual de la época:
Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de baile.
-¿Qué es eso-? Preguntó
-Señor, es un poeta
El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la pajarera; un poeta era algo nuevo y extraño (10).

Los escritores modernistas se encontraron frente a una realidad de profundas raíces históricas y tuvieron plena conciencia de ello. Esto les permitió ensayar y perfilar una escritura en prosa y en poesía. Expresaron estéticamente su visión anticapitalista, artesanal de un lenguaje convertido en objeto, su rebeldía frente a la sociedad que condena al artista, que en su desprecio lo margina.

lunes, 11 de febrero de 2013

La muerte del héroe. Poesía Modernista

Ricardo Jaimes Freyre (Bolivia)
Aún se estremece y se yergue y amenaza con su espada
cubre el pecho destrozado su rojo y mellado escudo
hunde en la sombra infinita su mirada
y en sus labios expirantes cesa el canto heroico y rudo.

Los dos Cuervos silenciosos ven de lejos su agonía
y al guerrero las sombras alas tienden
y la noche de sus alas, a los ojos del guerrero, resplandece como el día
y hacia el pálido horizonte reposado vuelo emprenden.

Margarita. Poesía Modernista.

Rubén Darío
In memorian...

RECUERDAS que querías ser una Margarita
Gautier? Fijo en mi mente tu extraño rostro está,
cuando cenamos juntos, en la primera cita,
en una noche alegre que nunca volverá

Tus labios escarlatas de púrpura maldita
sorbían el champaña del fino baccarat;
tus dedos deshojaban la blanca margarita,
"Si... no..: si... no..." ¡y sabías que te adoraba ya!

Después ¡oh flor de Histeria! Llorabas y reías;
tus besos y tus lágrimas tuve en mi boca yo;
tus risas, tus fragancias, tus quejas eran mías.

Y en una tarde triste de los más dulces dias,
la Muerte, la celosa, por ver si me querías
¡como a una margarita de amor te deshojó!

[1894]