lunes, 11 de febrero de 2013

Margarita. Poesía Modernista.

Rubén Darío
In memorian...

RECUERDAS que querías ser una Margarita
Gautier? Fijo en mi mente tu extraño rostro está,
cuando cenamos juntos, en la primera cita,
en una noche alegre que nunca volverá

Tus labios escarlatas de púrpura maldita
sorbían el champaña del fino baccarat;
tus dedos deshojaban la blanca margarita,
"Si... no..: si... no..." ¡y sabías que te adoraba ya!

Después ¡oh flor de Histeria! Llorabas y reías;
tus besos y tus lágrimas tuve en mi boca yo;
tus risas, tus fragancias, tus quejas eran mías.

Y en una tarde triste de los más dulces dias,
la Muerte, la celosa, por ver si me querías
¡como a una margarita de amor te deshojó!

[1894]

Leopoldo Lugones. Poesía Modernista.

LA GARZA

En su abstracto candor, el tiempo vano
Inmoviliza eterno, hondo, distante,
La soledad obscura del pantano
Y una línea de tiza interrogante ...

LA TORCAZ

El pleno sol goza enhiesta
Sobre un seco y alto tronco.
Desgrana en su arrullo ronco
Su áurea mazorca la siesta.

El follaje, más umbrío,
Le ofrece en vano su toldo,
Y en palpitante rescoldo
Mulle su pluma el estío...

EL MARTÍN PESCADOR

Sobre el remanso azul, agudo acecha
Desde un lánguido gajo del sauzal,
En inminente inclinación de flecha,
La lentitud profunda del caudal.

Oro de sol en la corriente boya...
Y destellando un súbito arrebol,
Identifica el pájaro en su joya,
Sauce verde, agua azul, y oro de sol...

La ninfa. Cuento Modernista.

Rubén Darío


En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar como niña golosa un terrón de azúcar húmedo, blanco entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y la luz de los candelabros se descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas de la menta.

Se hablaba con el entusiasmo de artista de buena pasta, tras una buena comida. Éramos todos artistas, quién más, quién menos, y aun había un sabio obeso que ostentaba en la albura de una pechera inmaculada el gran nudo de una corbata monstruosa.

Alguien dijo: -¡Ah, sí, Fremiet! -Y de Fremiet se pasó a sus animales, a su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno buscaba la pista de la pieza, otro, como mirando al cazador, alzaba el pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló de Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte: Pastor, lleva a pastar más lejos tu boyada no sea que creyendo que respira la vaca de Mirón, la quieras llevar contigo.

Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina:

-¡Bah! Para mí, los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si esto fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os advierto que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me dejaría robar por uno de esos monstruos robustos, sólo por oír las quejas del engañado, que tocaría su flauta lleno de tristeza.

El sabio interrumpió:

-¡Bien! Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas han existido, como las salamandras y el ave Fénix.

Todos reíamos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible, encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido, de mujer hermosa, estaba como resplandeciente de placer.

-Si- continuó el sabio -:¿con qué derecho negamos los modernos, hechos que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vio Alejandro, alto como un hombre, es tan real, como la araña Kreken que vive en el fondo de los mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fue en busca del viejo ermitaño Pablo que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías. Iba el santo por el yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar a quien buscaba. A mucho andar, ¿sabéis quién le dio las señas del camino que debía seguir? Un centauro, medio hombre y medio caballo - dice un autor; - hablaba como enojado; huyó tan velozmente que presto le perdió de vista el santo; así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y vientre a tierra.

En ese mismo viaje San Antonio vio un sátiro, «hombrecillo de extraña figura, estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente áspera y arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba con pies de cabra». -Ni más ni menos- dijo Lesbia. -¡M. de Cocureau, futuro miembro del Instituto!

Siguió el sabio:

-Afirma San Jerónimo que en tiempos de Constantino Magno se condujo a Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando murió.

Además, vióle el emperador de Antioquía.

Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía la lengua en el licor verde como lo haría un animal felino.

-Dice Alberto Magno que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los montes de Sajonia. Enrico Zormano asegura que en tierras de Tartaria había hombres con sólo un pie y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vio en su época un monstruo que trajeron al rey de Francia, tenía cabeza de perro; (Lesbia reía) los muslos, brazos y manos tan sin vellos como los nuestros; (Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen cosquillas), comía carne cocida y bebía vino con todas ganas.

-¡Colombine!- grito Lesbia. Y llegó Colombine, una falderilla que parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de risa de todos:

-¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!

Y le dio un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba las naricitas como lleno de voluptuosidad.

-Y Filegón Traliano- concluyó el sabio elegantemente -afirma la existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes. Además...

-Basta de sabiduría- dijo Lesbia. Y acabó de beber la menta.

Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios -¡Oh!, exclamé para mi, ¡las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y de las fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros. Pero las ninfas no existen.

Concluyó aquel concierto alegre, con una gran fuga de risas y de personas.

-¡Y qué!- me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con voz callada como para que sólo yo la oyera. -¡Las ninfas existen, tú las veras!

Eran un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas nuevas y atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos con sus corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas el carmín, el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces: más allá las violetas, en grandes grupos, con su color apacible y su olor a virgen. Después, los altos árboles, los ramajes tupidos llenos de mil abejas, las estatuas en la penumbra, los discóbolos de bronce, los gladiadores musculosos en sus soberbias posturas gímnicas, las glorietas perfumadas, cubiertas de enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones jónicas, cariátides todas blancas y lascivas, y vigorosos telamones del orden atlántico, con anchas espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el laberinto de tales encantos cuando oí un ruido, allá en lo oscuro de la arboleda, en el estanque donde hay cisnes blancos como cincelados en alabastro y otros que tienen la mitad del cuello del color del ébano, como una pierna alba con media negra.

Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh, Numa! Yo sentí lo que tú, cuando viste en su gruta por primera vez a Egeria.

Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa en el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como dorada por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las hojas. ¡Ah!, yo vi lirios, rosas, nieve, oro; vi un ideal con vida y forma y oí entre el burbujeo sonoro de la linfa herida, como una risa burlesca y armoniosa, que me encendía la sangre.

De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos que goteaban brillantes, corrió por los rosales tras las lilas y violetas, más allá de los tupidos arbolares, hasta ocultarse a mi vista, hasta perderse, ¡ay!, por un recodo; y quedé yo, poeta lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como mofándose de mí, tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo brillaba bruñida el ágata de sus picos.

Después, almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada, entre todos, triunfante, con su pechera y su gran corbata oscura, el sabio obeso, futuro miembro del Instituto.

Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Fremiet, en el salón, exclamó Lesbia con su alegre voz parisiense:

-¡Te!, como dice Tartarín: ¡el poeta ha visto ninfas!...

La contemplaron todos asombrados, y ella me miraba, me miraba como una gata, y se reía, se reía como una chicuela a quien se le hiciesen cosquillas.

Obtenido de "http://es.wikisource.org/wiki/La_ninfa"

José Juan Tablada. Poesía Modernista.

Haikús

EL SAÚZ

Tierno saúz
casi oro, casi ámbar,
casi luz...

EL PAVORREAL

Pavorreal, largo fulgor,
por el gallinero demócrata
pasas como procesión.

LA LUNA

La Luna es araña
de plata
que tiene su telaraña
en el río que la retrata

HONGO

Parece la sombrilla
este hongo policromo
de un sapo japonista

EN LILIPUT
Hormigas sobre un
grillo, inerte. Recuerdo
de Guliver en Liliput...

UN MONO

El pequeño mono me mira...
¡Quisiera decirme
algo que se le olvida!

PECES VOLADORES

Al golpe del oro solar
estalla en astillas el vidrio del mar.

SANDÍA

¡Del verano, roja y fría
carcajada,
rebanada
de sandía!

caligrafía china

Serenidad



























Paz



sumi-e
















martes, 13 de noviembre de 2012

Literatura fantástica


El sueño del rey

Lewis Carroll (Charles Lutwidge Dogson)
(1832-1898)


--Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?
—Nadie lo sabe.
—Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?
—No lo sé.
—Desparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como un vela.

de Through the Looking Glass (1871)
en Antología de la literatura fantástica, México: Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo).


            Un creyente
GEORGE LORING FROST

Escritor ingles, nacido en Brentford, en 1887.

Al caer la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una
galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:
—Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?
—Yo no —respondió el otro—. ¿Y usted?
—Yo sí —dijo el primero y desapareció.

de Memorabilia (1923)

en Antología de la literatura fantástica, México: Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo).

Historia de los dos que soñaron
GUSTAV WEIL

Orientalista alemán, nacido en Slasburgo en 1808, muerto en Friburgo, en 1889.

Cuentan los hombres dignos de fe (pero solo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso
y no duerme) que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan
magnánimo y liberal que todas las perdió, menos la casa de su padre, y que se vio forzado
a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió debajo de una higuera
de su jardín y vio en un sueño a un desconocido que le dijo:
—Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla.
A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros
de los desiertos, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó al fin
a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir
en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por decreto de Dios
Todopoderoso una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las
personas que dormían se despertaron y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron,
hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros
huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre
de El Cairo y lo llevaron a la cárcel. El juez lo hizo comparecer y le dijo:
—¿Quién eres y cuál es tu patria?
El hombre declaró:
—Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Yacub El Magrebí.
El juez le preguntó:
—¿Qué te trajo a Persia?
El hombre optó por la verdad y le dijo:
—Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna.
Ya estoy en Isfaján y veo que la fortuna que me prometió ha de ser esta cárcel.
El juez se echó a reir.
—Hombre desatinado —le dijo—, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de
El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín y en el jardín, un reloj de sol y después del reloj de
sol, una higuera, y bajo la higuera un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira.
Tú, sin embargo, has errado de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no vuelva
a verte en Isfaján. Toma estas monedas y vete.
El hombre las tomó y regresó a su patria. Debajo de la higuera de su casa (que era la del
sueño del juez) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó.
Dios es el Generoso, el Oculto.


de Gesichte des Abbasidenchalifazts in Aegypten (1860-1862)

en Antología de la literatura fantástica, México: Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo).


Final para un cuento fantástico

I. A. Ireland (Inglés) (1871-1911)


—¡Qué extraño! —dijo la muchacha, avanzando cautelosamente—. ¡Qué puerta más pesada! —La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
—¡Dios mío! —dijo el hombre!. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos!
—A los dos no. A uno solo —dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.

de Visitations (1919)

en Antología de la literatura fantástica, México: Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo).

El gesto de la muerte
JEAN COCTEAU
(1891.1963)


Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta
noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la
muerte y le pregunta:
—Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
—No fue un gesto de amenaza —le responde— sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía
lejos de Ispahan esta mañana, donde debo tomarlo esta misma noche.

en Antología de la literatura fantástica, México: Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo).

El descuido

Martín Bubar

Nacido en Austria, en 1878; muerto en Isarael, en 1965. Historiador de la secta de los piadosos y filósofo existencialista.


Cuentan:
El rabí Elimeleki estaba cenando con sus discípulos. El criado le trajo un plato de sopa. El rabí lo volvió y la sopa se derramó sobre la mesa. El joven Mendel, que sería rabí de Rimanov, exclamó:
—Rabí, ¿qué has hecho? Nos mandarán a todos a la cárcel.
Los otros discípulos sonrieron y se hubieran reído abiertamente, pero la presencia del maestro los contuvo. Éste, sin embargo, no sonrió. Movió afirmativamente la cabeza y dijo a Mendel:
—No temas, hijo mío.
Algún tiempo después se supo que en aquel día un edicto dirigido contra los judíos de todo el país había sido presentado al emperador para que lo firmara. Repetidas veces el emperador había tomado la pluma, pero algo siempre lo interrumpía. Finalmente firmó. Extendió la mano hacia la arena de secar, pero tomó por error el tintero y lo volcó sobre el papel. Entonces lo rompió y prohibió que lo trajeran de nuevo.

en Antología de la literatura fantástica, México: Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo).

Historia de zorros

NIU CHIAO (siglo IX)

Wang vio dos zorros parados en las patas traseras y apoyados contra un árbol. Uno de
ellos tenía una hoja de papel en la mano y se reían como compartiendo una broma.
Trató de espantarlos, pero se mantuvieron firmes y él disparó contra el del papel; lo
hirió en el ojo y se llevó el papel. En la posada, refirió se aventura a los otros huéspedes.
Mientras estaba hablando, entró un señor, que tenía un ojo lastimado. Escuchó con interés
el cuento de Wang y pidió que le mostrara el papel. Wang iba a mostrárselo, cuando el
posadero notó que el recién llegado tenía cola. ¡Es un zorro!, exclamó y en el acto el señor
se convirtió en un zorro y huyó.
Los zorros intentaron repetidas veces recuperar el papel, que estaba recubierto de caracteres
ininteligibles; pero fracasaron. Wang resolvió volver a su casa. En el camino se
encontró con toda su familia que se dirigía a la capital. Declararon que él les había ordenado
ese viaje, y su madre le mostró la carta en que le pedía que vendiera todas las
propiedades y se juntara con él en la capital. Wang examinó la carta y vio que era una hoja
en blanco. Aunque ya no tenía techo que los cobijara, Wang ordenó: Regresemos.
Un día apareció un hermano menor que todos habían tenido por muerto. Preguntó por
las desgracias de la familia y Wang le refirió toda la historia. Ah, dijo el hermano, cuando
Wang llegó a su aventura con los zorros, ahí está la raíz de todo el mal. Wang mostró el
documento. Arrancándoselo, su hermano lo guardó con apuro. Al fin he recobrado lo que
buscaba, exclamó y, convirtiéndose en zorro, se fue.

en Antología de la literatura fantástica, México: Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo).