Rubén Darío
In memorian...
RECUERDAS que querías ser una Margarita
Gautier? Fijo en mi mente tu extraño rostro está,
cuando cenamos juntos, en la primera cita,
en una noche alegre que nunca volverá
Tus labios escarlatas de púrpura maldita
sorbían el champaña del fino baccarat;
tus dedos deshojaban la blanca margarita,
"Si... no..: si... no..." ¡y sabías que te adoraba ya!
Después ¡oh flor de Histeria! Llorabas y reías;
tus besos y tus lágrimas tuve en mi boca yo;
tus risas, tus fragancias, tus quejas eran mías.
Y en una tarde triste de los más dulces dias,
la Muerte, la celosa, por ver si me querías
¡como a una margarita de amor te deshojó!
[1894]
lunes, 11 de febrero de 2013
Leopoldo Lugones. Poesía Modernista.
LA GARZA
En su abstracto candor, el tiempo vano
Inmoviliza eterno, hondo, distante,
La soledad obscura del pantano
Y una línea de tiza interrogante ...
LA TORCAZ
El pleno sol goza enhiesta
Sobre un seco y alto tronco.
Desgrana en su arrullo ronco
Su áurea mazorca la siesta.
El follaje, más umbrío,
Le ofrece en vano su toldo,
Y en palpitante rescoldo
Mulle su pluma el estío...
EL MARTÍN PESCADOR
Sobre el remanso azul, agudo acecha
Desde un lánguido gajo del sauzal,
En inminente inclinación de flecha,
La lentitud profunda del caudal.
Oro de sol en la corriente boya...
Y destellando un súbito arrebol,
Identifica el pájaro en su joya,
Sauce verde, agua azul, y oro de sol...
En su abstracto candor, el tiempo vano
Inmoviliza eterno, hondo, distante,
La soledad obscura del pantano
Y una línea de tiza interrogante ...
LA TORCAZ
El pleno sol goza enhiesta
Sobre un seco y alto tronco.
Desgrana en su arrullo ronco
Su áurea mazorca la siesta.
El follaje, más umbrío,
Le ofrece en vano su toldo,
Y en palpitante rescoldo
Mulle su pluma el estío...
EL MARTÍN PESCADOR
Sobre el remanso azul, agudo acecha
Desde un lánguido gajo del sauzal,
En inminente inclinación de flecha,
La lentitud profunda del caudal.
Oro de sol en la corriente boya...
Y destellando un súbito arrebol,
Identifica el pájaro en su joya,
Sauce verde, agua azul, y oro de sol...
La ninfa. Cuento Modernista.
Rubén Darío
En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar como niña golosa un terrón de azúcar húmedo, blanco entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y la luz de los candelabros se descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas de la menta.
Se hablaba con el entusiasmo de artista de buena pasta, tras una buena comida. Éramos todos artistas, quién más, quién menos, y aun había un sabio obeso que ostentaba en la albura de una pechera inmaculada el gran nudo de una corbata monstruosa.
Alguien dijo: -¡Ah, sí, Fremiet! -Y de Fremiet se pasó a sus animales, a su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno buscaba la pista de la pieza, otro, como mirando al cazador, alzaba el pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló de Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte: Pastor, lleva a pastar más lejos tu boyada no sea que creyendo que respira la vaca de Mirón, la quieras llevar contigo.
Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina:
-¡Bah! Para mí, los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si esto fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os advierto que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me dejaría robar por uno de esos monstruos robustos, sólo por oír las quejas del engañado, que tocaría su flauta lleno de tristeza.
El sabio interrumpió:
-¡Bien! Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas han existido, como las salamandras y el ave Fénix.
Todos reíamos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible, encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido, de mujer hermosa, estaba como resplandeciente de placer.
-Si- continuó el sabio -:¿con qué derecho negamos los modernos, hechos que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vio Alejandro, alto como un hombre, es tan real, como la araña Kreken que vive en el fondo de los mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fue en busca del viejo ermitaño Pablo que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías. Iba el santo por el yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar a quien buscaba. A mucho andar, ¿sabéis quién le dio las señas del camino que debía seguir? Un centauro, medio hombre y medio caballo - dice un autor; - hablaba como enojado; huyó tan velozmente que presto le perdió de vista el santo; así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y vientre a tierra.
En ese mismo viaje San Antonio vio un sátiro, «hombrecillo de extraña figura, estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente áspera y arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba con pies de cabra». -Ni más ni menos- dijo Lesbia. -¡M. de Cocureau, futuro miembro del Instituto!
Siguió el sabio:
-Afirma San Jerónimo que en tiempos de Constantino Magno se condujo a Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando murió.
Además, vióle el emperador de Antioquía.
Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía la lengua en el licor verde como lo haría un animal felino.
-Dice Alberto Magno que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los montes de Sajonia. Enrico Zormano asegura que en tierras de Tartaria había hombres con sólo un pie y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vio en su época un monstruo que trajeron al rey de Francia, tenía cabeza de perro; (Lesbia reía) los muslos, brazos y manos tan sin vellos como los nuestros; (Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen cosquillas), comía carne cocida y bebía vino con todas ganas.
-¡Colombine!- grito Lesbia. Y llegó Colombine, una falderilla que parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de risa de todos:
-¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!
Y le dio un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba las naricitas como lleno de voluptuosidad.
-Y Filegón Traliano- concluyó el sabio elegantemente -afirma la existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes. Además...
-Basta de sabiduría- dijo Lesbia. Y acabó de beber la menta.
Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios -¡Oh!, exclamé para mi, ¡las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y de las fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros. Pero las ninfas no existen.
Concluyó aquel concierto alegre, con una gran fuga de risas y de personas.
-¡Y qué!- me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con voz callada como para que sólo yo la oyera. -¡Las ninfas existen, tú las veras!
Eran un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas nuevas y atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos con sus corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas el carmín, el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces: más allá las violetas, en grandes grupos, con su color apacible y su olor a virgen. Después, los altos árboles, los ramajes tupidos llenos de mil abejas, las estatuas en la penumbra, los discóbolos de bronce, los gladiadores musculosos en sus soberbias posturas gímnicas, las glorietas perfumadas, cubiertas de enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones jónicas, cariátides todas blancas y lascivas, y vigorosos telamones del orden atlántico, con anchas espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el laberinto de tales encantos cuando oí un ruido, allá en lo oscuro de la arboleda, en el estanque donde hay cisnes blancos como cincelados en alabastro y otros que tienen la mitad del cuello del color del ébano, como una pierna alba con media negra.
Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh, Numa! Yo sentí lo que tú, cuando viste en su gruta por primera vez a Egeria.
Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa en el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como dorada por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las hojas. ¡Ah!, yo vi lirios, rosas, nieve, oro; vi un ideal con vida y forma y oí entre el burbujeo sonoro de la linfa herida, como una risa burlesca y armoniosa, que me encendía la sangre.
De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos que goteaban brillantes, corrió por los rosales tras las lilas y violetas, más allá de los tupidos arbolares, hasta ocultarse a mi vista, hasta perderse, ¡ay!, por un recodo; y quedé yo, poeta lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como mofándose de mí, tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo brillaba bruñida el ágata de sus picos.
Después, almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada, entre todos, triunfante, con su pechera y su gran corbata oscura, el sabio obeso, futuro miembro del Instituto.
Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Fremiet, en el salón, exclamó Lesbia con su alegre voz parisiense:
-¡Te!, como dice Tartarín: ¡el poeta ha visto ninfas!...
La contemplaron todos asombrados, y ella me miraba, me miraba como una gata, y se reía, se reía como una chicuela a quien se le hiciesen cosquillas.
Obtenido de "http://es.wikisource.org/wiki/La_ninfa"
En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar como niña golosa un terrón de azúcar húmedo, blanco entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y la luz de los candelabros se descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas de la menta.
Se hablaba con el entusiasmo de artista de buena pasta, tras una buena comida. Éramos todos artistas, quién más, quién menos, y aun había un sabio obeso que ostentaba en la albura de una pechera inmaculada el gran nudo de una corbata monstruosa.
Alguien dijo: -¡Ah, sí, Fremiet! -Y de Fremiet se pasó a sus animales, a su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno buscaba la pista de la pieza, otro, como mirando al cazador, alzaba el pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló de Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte: Pastor, lleva a pastar más lejos tu boyada no sea que creyendo que respira la vaca de Mirón, la quieras llevar contigo.
Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina:
-¡Bah! Para mí, los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si esto fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os advierto que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me dejaría robar por uno de esos monstruos robustos, sólo por oír las quejas del engañado, que tocaría su flauta lleno de tristeza.
El sabio interrumpió:
-¡Bien! Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas han existido, como las salamandras y el ave Fénix.
Todos reíamos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible, encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido, de mujer hermosa, estaba como resplandeciente de placer.
-Si- continuó el sabio -:¿con qué derecho negamos los modernos, hechos que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vio Alejandro, alto como un hombre, es tan real, como la araña Kreken que vive en el fondo de los mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fue en busca del viejo ermitaño Pablo que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías. Iba el santo por el yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar a quien buscaba. A mucho andar, ¿sabéis quién le dio las señas del camino que debía seguir? Un centauro, medio hombre y medio caballo - dice un autor; - hablaba como enojado; huyó tan velozmente que presto le perdió de vista el santo; así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y vientre a tierra.
En ese mismo viaje San Antonio vio un sátiro, «hombrecillo de extraña figura, estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente áspera y arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba con pies de cabra». -Ni más ni menos- dijo Lesbia. -¡M. de Cocureau, futuro miembro del Instituto!
Siguió el sabio:
-Afirma San Jerónimo que en tiempos de Constantino Magno se condujo a Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando murió.
Además, vióle el emperador de Antioquía.
Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía la lengua en el licor verde como lo haría un animal felino.
-Dice Alberto Magno que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los montes de Sajonia. Enrico Zormano asegura que en tierras de Tartaria había hombres con sólo un pie y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vio en su época un monstruo que trajeron al rey de Francia, tenía cabeza de perro; (Lesbia reía) los muslos, brazos y manos tan sin vellos como los nuestros; (Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen cosquillas), comía carne cocida y bebía vino con todas ganas.
-¡Colombine!- grito Lesbia. Y llegó Colombine, una falderilla que parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de risa de todos:
-¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!
Y le dio un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba las naricitas como lleno de voluptuosidad.
-Y Filegón Traliano- concluyó el sabio elegantemente -afirma la existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes. Además...
-Basta de sabiduría- dijo Lesbia. Y acabó de beber la menta.
Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios -¡Oh!, exclamé para mi, ¡las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y de las fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros. Pero las ninfas no existen.
Concluyó aquel concierto alegre, con una gran fuga de risas y de personas.
-¡Y qué!- me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con voz callada como para que sólo yo la oyera. -¡Las ninfas existen, tú las veras!
Eran un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas nuevas y atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos con sus corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas el carmín, el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces: más allá las violetas, en grandes grupos, con su color apacible y su olor a virgen. Después, los altos árboles, los ramajes tupidos llenos de mil abejas, las estatuas en la penumbra, los discóbolos de bronce, los gladiadores musculosos en sus soberbias posturas gímnicas, las glorietas perfumadas, cubiertas de enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones jónicas, cariátides todas blancas y lascivas, y vigorosos telamones del orden atlántico, con anchas espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el laberinto de tales encantos cuando oí un ruido, allá en lo oscuro de la arboleda, en el estanque donde hay cisnes blancos como cincelados en alabastro y otros que tienen la mitad del cuello del color del ébano, como una pierna alba con media negra.
Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh, Numa! Yo sentí lo que tú, cuando viste en su gruta por primera vez a Egeria.
Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa en el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como dorada por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las hojas. ¡Ah!, yo vi lirios, rosas, nieve, oro; vi un ideal con vida y forma y oí entre el burbujeo sonoro de la linfa herida, como una risa burlesca y armoniosa, que me encendía la sangre.
De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos que goteaban brillantes, corrió por los rosales tras las lilas y violetas, más allá de los tupidos arbolares, hasta ocultarse a mi vista, hasta perderse, ¡ay!, por un recodo; y quedé yo, poeta lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como mofándose de mí, tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo brillaba bruñida el ágata de sus picos.
Después, almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada, entre todos, triunfante, con su pechera y su gran corbata oscura, el sabio obeso, futuro miembro del Instituto.
Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Fremiet, en el salón, exclamó Lesbia con su alegre voz parisiense:
-¡Te!, como dice Tartarín: ¡el poeta ha visto ninfas!...
La contemplaron todos asombrados, y ella me miraba, me miraba como una gata, y se reía, se reía como una chicuela a quien se le hiciesen cosquillas.
Obtenido de "http://es.wikisource.org/wiki/La_ninfa"
José Juan Tablada. Poesía Modernista.
Haikús
EL SAÚZ
Tierno saúz
casi oro, casi ámbar,
casi luz...
EL PAVORREAL
Pavorreal, largo fulgor,
por el gallinero demócrata
pasas como procesión.
LA LUNA
La Luna es araña
de plata
que tiene su telaraña
en el río que la retrata
HONGO
Parece la sombrilla
este hongo policromo
de un sapo japonista
EN LILIPUT
Hormigas sobre un
grillo, inerte. Recuerdo
de Guliver en Liliput...
UN MONO
El pequeño mono me mira...
¡Quisiera decirme
algo que se le olvida!
PECES VOLADORES
Al golpe del oro solar
estalla en astillas el vidrio del mar.
SANDÍA
¡Del verano, roja y fría
carcajada,
rebanada
de sandía!
EL SAÚZ
Tierno saúz
casi oro, casi ámbar,
casi luz...
EL PAVORREAL
Pavorreal, largo fulgor,
por el gallinero demócrata
pasas como procesión.
LA LUNA
La Luna es araña
de plata
que tiene su telaraña
en el río que la retrata
HONGO
Parece la sombrilla
este hongo policromo
de un sapo japonista
EN LILIPUT
Hormigas sobre un
grillo, inerte. Recuerdo
de Guliver en Liliput...
UN MONO
El pequeño mono me mira...
¡Quisiera decirme
algo que se le olvida!
PECES VOLADORES
Al golpe del oro solar
estalla en astillas el vidrio del mar.
SANDÍA
¡Del verano, roja y fría
carcajada,
rebanada
de sandía!
martes, 13 de noviembre de 2012
Literatura fantástica
El sueño del rey
Lewis
Carroll (Charles Lutwidge Dogson)
(1832-1898)
--Ahora está soñando. ¿Con quién
sueña? ¿Lo sabes?
—Nadie lo sabe.
—Sueña contigo. Y si dejara de
soñar, ¿qué sería de ti?
—No lo sé.
—Desparecerías. Eres una figura de
su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como un vela.
de Through the Looking Glass (1871)
en Antología de la literatura
fantástica, México: Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge
Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo).
Un
creyente
GEORGE LORING FROST
Escritor ingles, nacido en Brentford, en 1887.
Al
caer la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una
galería
de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:
—Este
lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?
—Yo
no —respondió el otro—. ¿Y usted?
—Yo
sí —dijo el primero y desapareció.
de Memorabilia (1923)
en Antología de la literatura fantástica, México:
Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy
Casares, Silvina Ocampo).
Historia de los dos que soñaron
GUSTAV WEIL
Orientalista alemán, nacido en Slasburgo en 1808,
muerto en Friburgo, en 1889.
Cuentan los hombres dignos de fe (pero solo Alá es
omnisciente y poderoso y misericordioso
y no duerme) que hubo en El Cairo un hombre poseedor
de riquezas, pero tan
magnánimo y liberal que todas las perdió, menos la
casa de su padre, y que se vio forzado
a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el
sueño lo rindió debajo de una higuera
de su jardín y vio en un sueño a un desconocido que le
dijo:
—Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a
buscarla.
A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el
largo viaje y afrontó los peligros
de los desiertos, de los idólatras, de los ríos, de
las fieras y de los hombres. Llegó al fin
a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo
sorprendió la noche y se tendió a dormir
en el patio de una mezquita. Había, junto a la
mezquita, una casa y por decreto de Dios
Todopoderoso una pandilla de ladrones atravesó la
mezquita y se metió en la casa, y las
personas que dormían se despertaron y pidieron
socorro. Los vecinos también gritaron,
hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito
acudió con sus hombres y los bandoleros
huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la
mezquita y en ella dieron con el hombre
de El Cairo y lo llevaron a la cárcel. El juez lo hizo
comparecer y le dijo:
—¿Quién eres y cuál es tu patria?
El hombre declaró:
—Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es
Yacub El Magrebí.
El juez le preguntó:
—¿Qué te trajo a Persia?
El hombre optó por la verdad y le dijo:
—Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a
Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna.
Ya estoy en Isfaján y veo que la fortuna que me
prometió ha de ser esta cárcel.
El juez se echó a reir.
—Hombre desatinado —le dijo—, tres veces he soñado con
una casa en la ciudad de
El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín y en el jardín,
un reloj de sol y después del reloj de
sol, una higuera, y bajo la higuera un tesoro. No he
dado el menor crédito a esa mentira.
Tú, sin embargo, has errado de ciudad en ciudad, bajo
la sola fe de tu sueño. Que no vuelva
a verte en Isfaján. Toma estas monedas y vete.
El hombre las tomó y regresó a su patria. Debajo de la
higuera de su casa (que era la del
sueño del juez) desenterró el tesoro. Así Dios le dio
bendición y lo recompensó y exaltó.
Dios es el Generoso, el Oculto.
de Gesichte des Abbasidenchalifazts in Aegypten (1860-1862)
en Antología de la literatura fantástica, México:
Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy
Casares, Silvina Ocampo).
Final para un cuento fantástico
I. A.
Ireland (Inglés) (1871-1911)
—¡Qué extraño! —dijo la muchacha,
avanzando cautelosamente—. ¡Qué puerta más pesada! —La tocó, al hablar, y se
cerró de pronto, con un golpe.
—¡Dios mío! —dijo el hombre!. Me
parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a
los dos!
—A los dos no. A uno solo —dijo la
muchacha.
Pasó a través de la puerta y
desapareció.
de Visitations (1919)
en Antología de la literatura fantástica, México:
Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy
Casares, Silvina Ocampo).
El gesto de la muerte
JEAN COCTEAU
(1891.1963)
Un
joven jardinero persa dice a su príncipe:
—¡Sálvame!
Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta
noche,
por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El
bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra
a la
muerte
y le pregunta:
—Esta
mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
—No
fue un gesto de amenaza —le responde— sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía
lejos
de Ispahan esta mañana, donde debo tomarlo esta misma noche.
en Antología de la literatura fantástica, México:
Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy
Casares, Silvina Ocampo).
El descuido
Martín Bubar
Nacido en Austria, en 1878; muerto en Isarael, en 1965.
Historiador de la secta de los piadosos y filósofo existencialista.
Cuentan:
El rabí
Elimeleki estaba cenando con sus discípulos. El criado le trajo un plato de
sopa. El rabí lo volvió y la sopa se derramó sobre la mesa. El joven Mendel,
que sería rabí de Rimanov, exclamó:
—Rabí, ¿qué has
hecho? Nos mandarán a todos a la cárcel.
Los otros discípulos sonrieron y se hubieran reído
abiertamente, pero la presencia del maestro los contuvo. Éste, sin embargo, no
sonrió. Movió afirmativamente la cabeza y dijo a Mendel:
—No temas, hijo
mío.
Algún tiempo
después se supo que en aquel día un edicto dirigido contra los judíos de todo
el país había sido presentado al emperador para que lo firmara. Repetidas veces
el emperador había tomado la pluma, pero algo siempre lo interrumpía.
Finalmente firmó. Extendió la mano hacia la arena de secar, pero tomó por error
el tintero y lo volcó sobre el papel. Entonces lo rompió y prohibió que lo trajeran
de nuevo.
en Antología
de la literatura fantástica, México: Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441
pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo).
Historia de zorros
NIU CHIAO (siglo IX)
Wang
vio dos zorros parados en las patas traseras y apoyados contra un árbol. Uno de
ellos
tenía una hoja de papel en la mano y se reían como compartiendo una broma.
Trató
de espantarlos, pero se mantuvieron firmes y él disparó contra el del papel; lo
hirió
en el ojo y se llevó el papel. En la posada, refirió se aventura a los otros
huéspedes.
Mientras
estaba hablando, entró un señor, que tenía un ojo lastimado. Escuchó con
interés
el
cuento de Wang y pidió que le mostrara el papel. Wang iba a mostrárselo, cuando
el
posadero
notó que el recién llegado tenía cola. ¡Es un zorro!, exclamó y en el acto el
señor
se
convirtió en un zorro y huyó.
Los
zorros intentaron repetidas veces recuperar el papel, que estaba recubierto de
caracteres
ininteligibles;
pero fracasaron. Wang resolvió volver a su casa. En el camino se
encontró
con toda su familia que se dirigía a la capital. Declararon que él les había
ordenado
ese
viaje, y su madre le mostró la carta en que le pedía que vendiera todas las
propiedades
y se juntara con él en la capital. Wang examinó la carta y vio que era una hoja
en
blanco. Aunque ya no tenía techo que los cobijara, Wang ordenó: Regresemos.
Un
día apareció un hermano menor que todos habían tenido por muerto. Preguntó por
las
desgracias de la familia y Wang le refirió toda la historia. Ah, dijo el
hermano, cuando
Wang
llegó a su aventura con los zorros, ahí está la raíz de todo el mal. Wang
mostró el
documento.
Arrancándoselo, su hermano lo guardó con apuro. Al fin he recobrado lo que
buscaba,
exclamó y, convirtiéndose en zorro, se fue.
en Antología de la literatura fantástica, México:
Editorial Hermes, ([1940] 1987), 441 pp. (comp.: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy
Casares, Silvina Ocampo).
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