martes, 14 de febrero de 2012

Himnos a la noche


Novalis

(Friedrich von Hardenbergs)

 

Himnos a la noche

(Hymnen an die Nacht)

(1800)

Traducción: José María Valverde (1946)

 

Barcelona: 1985, Icaria Editorial

(Consulta: Biblioteca del IAGO. Oaxaca: 2003, dic)
I

Qué viviente
capaz de sentido
no ama entre todas
las mágicas apariciones
del espacio que en su derredor se ensancha,
la luz, suma de la alegría;
con sus rayos y ondulaciones,
y sus colores,
su dulce omnipresencia
en el día?
Como de la vida
el alma más profunda,
la respira el gigantesco mundo
de las infatigables constelaciones
que bogan en su azul océano,
la respira la resplandeciente piedra,
las tranquilas plantas,
y de los animales
la multiforme,
eternamente móvil fuerza.
La respiran multicolores
nubes y vientos,
y, sobre todos,
los soberanos huéspedes
de ojos llenos de destino,
de suspensa marcha
y de boca resonante.

Como un rey
de la naturaleza terrena
convoca a cada fuerza
a innumerables transformaciones,
y su presencia sola
revela la maravillosa soberanía
del terrenal imperio.
Pero hacia allá me vuelvo,
a la feliz, inexpresable
Noche, toda misterio...
Allá queda tendido el mundo,
como inmerso en una honda fosa,
¡cuán desierto y solo
su lugar!
Profunda tristeza
tiembla en las cuerdas del pecho.
Lejanías del recuerdo,
deseos de la juventud,
sueños de la infancia,
cortas alegrías
de toda la larga vida,
y vanas esperanzas,
acuden con vestiduras grises
como nieblas de la tarde
a la caída del sol.
Allá queda el mundo
con sus abigarrados goces.
En otros espacios
la luz alzó
sus aéreos pabellones.
¿Ya no volvería jamás
a sus fieles hijos,
a sus jardines,
a su magnífica casa ?
Pero ¿qué es lo que mana
tan fresco y placentero,
tan lleno de presentimientos,
bajo el corazón,
y disipa
la blanda brisa de la tristeza?
¿Tienes tú también
un corazón humano,
oscura noche?
¿Qué es lo que guardas
bajo tu manto,
que, invisiblemente poderoso,
llega hasta mi alma ?
Te muestras sólo temible...
Precioso bálsamo
gotea de tu mano,
del haz de adormideras
En dulce embriaguez
despliegas las pesadas alas del corazón.
Y nos regalas alegrías
oscuras e indecibles,
secretas, como tú misma eres;
alegrías, que nos
dejan presentir un cielo.
Qué pobre y pueril
se me aparece la luz
con sus pintarrajeadas cosas;
qué gozosa y bendita
la ausencia del día.
¿Así pues, sólo por eso,
porque la noche
te quita tus servidumbres,
sembraste
en la lejanía del espacio
las luminosas esferas
para promulgar tu omnipotencia
y anunciar tu retorno
durante el tiempo de tu alejamiento?
Más celestiales que esos astros fúlgido
en las lejanías,
nos parecen los ojos infinitos
que la Noche
abre en nosotros.
Miran más hondo
que el más lejano brillo
de esos innumerables ejércitos;
sin necesidad de luz,
miran a través de las profundidades
de un amante corazón,
llenando un más elevado espacio
de indecible felicidad.
¡Gloria de la reina del universo,
mundo sagrado
de la alta mensajera,
venturoso amor
de nuestra cuidadora!
Vienes, amada. ..
La noche está aquí...
Arrebatada está mi alma...
Allá lejos queda el día terrenal
y tú eres de nuevo mía.
Te contemplo en los profundos, oscuros ojos;
nada veo sino amor y bienaventuranza.
Descendemos al altar de la noche,
al suave lecho...
El velo cae,
y encendida de la cálida presión,
arde de la dulce ofrenda
el puro fuego.





II

¿Ha de volver siempre la mañana?
¿Jamás terminará el señorío de lo terrenal?
Desdichada actividad estorba
el celestial vuelo de la noche.
¿No arderá eternamente el secreto
sacrificio del amor?
Les ha sido medido su tiempo
a la luz
ya la vigilia...
Pero la soberanía de la noche es sin tiempo,
la duración del sueño es eterna.
¡Sueño sagrado!
Nunca dejes de traer la felicidad
a los consagrados a la noche,
en este trabajo diario de la tierra.
Sólo los insensatos te desconocen,
y no saben de ningún sueño
sino de la sombra
que, compasiva, viertes en nosotros
en aquel crepúsculo
de la verdadera noche.
Ellos no te perciben
en el dorado flujo de los racimos,
en el maravilloso
bálsamo del almendro,
y en el moreno zumo de la adormidera.
No saben
que tú eres eso
que se cierne en torno
del pecho de la suave muchacha,
y en cielo convierte su seno...
No adivinan
que en las antiguas historias
surges abriendo cielos
y tienes la llave
de la morada de la bienaventuranza;
silencioso embajador
del infinito misterio.




























III

Una vez que derramaba amargas lágrimas, cuando mi esperanza se disolvía deshecha en el dolor, y estaba solo en la desierta colina que en su estrecho, oscuro espacio sepultaba la figura de mi vida; solo, como aún no estuvo ningún solitario, oprimido de indecible miedo, sin fuerzas, ya tan sólo un pensamiento de la miseria todavía... Cuando buscaba allí ayuda en torno mío, hacia delante no podía y hacia atrás nada... y pendía de la fugitiva, extinguida vida, con inacabable ansia... ; entonces, vino por la azul lejanía, desde las alturas de mi antigua bienaventuranza, un estremecimiento de ocaso... y de pronto desgarró la ligadura del nacimiento, la cadena de la luz. Allá se fue el esplendor terrenal, y mis lágrimas con él. Juntamente huyó la tristeza hacia un nuevo, insondable mundo. Y tú, exaltación nocturna, sueño del cielo, viniste sobre mí. El paisaje de la tierra se alzó lentamente... Sobre el paisaje se cernía mi desprendido, renacido espíritu. La colina se tornó polvareda, y en el polvo veía yo las clarísimas facciones de la amada. En sus ojos descansaba la eternidad. Yo tomé sus manos, y las lágrimas formaron un resplandeciente, indestructible lazo. Corrían milenios hacia la lejanía como tempestades. En su cuello lloré embelesadas lágrimas en la nueva vida. Así fue mi primer sueño en ti. Pasó, pero su fulgor permaneció; la eterna, inconmovible creencia en el cielo nocturno y en su sol, la amada.


















IV
Ahora sé cuándo vendrá la última mañana; cuando la luz ya no ahuyente la noche y el amor, cuando haya un dormir eterno, y sólo un inacabable sueño. Celestial fatiga no me abandona nunca. Largo y penoso fue el camino hasta la sagrada tumba, y la cruz era pesada. Aquél cuya boca mojó una vez la cristalina onda que, invisible para los sentidos comunes, brota en el oscuro seno del monte en cuyo pie se rompe la resaca terrenal; aquel que se irguió sobre esa cordillera fronteriza del mundo, y alzó su mirada por encima, hacia la nueva tierra, la residencia de la noche; aquél, verdaderamente, no volverá al ejercicio del mundo, al país donde la luz reina y habita eterno desasosiego. Arriba edifica chozas, chozas de la paz, añora y ama, mira a lo lejos, hasta que la mejor nacida de todas las horas le conduce hasta el hondo manantial de la fuente. Lo terrenal asciende a la superficie y es arrebatado por las alturas, pero lo que se hizo sagrado a través del contacto del amor, corre disuelto por secretos caminos hacia el territorio del más allá, donde, como nubes, se mezcla con los adormecidos amores.
Aún llamas,
luz de la alegría,
al cansado para el trabajo...
me inspiras alegre vida
Pero no me separas
del recuerdo
de aquel musgoso lugar.
De buen grado quiero
aplicar las oficiosas manos,
mirar en torno sobre todas las cosas
donde tú me necesitas,
alabar de tu esplendor
la plena magnificencia,
sin pereza proseguir
la hermosa continuidad
de tu artística obra,
contemplar de buena gana
la marcha llena de sentido
de tu poderoso,
luminoso reloj,
sondear de las fuerzas
la conformidad
y las reglas
del maravilloso juego
de los innumerables espacios
y sus tiempos.
Pero fiel a la noche
permanece mi secreto corazón
ya su hijo,
el amor creador.
¿Puedes tú, luz, mostrarme
un corazón eternamente fiel?
¿Tiene tu sol
amistosos ojos
que me conozcan ?
¿Cogen tus estrellas
mis extendidas manos?
¿Me devuelven
la suave presión ?
¿Acaso adornaste a la Noche
con colores
y una ligera silueta ?
¿O no es más bien ella
la que a tu adorno
dio más alto, amoroso sentido?
¿Qué voluptuosidad,
qué placer
nos ofrece tu vida,
que supere
los arrebatos de la muerte?
¿No posee todo
lo que nos anima
el color de la noche?
Ella, como una madre, te lleva
y tú le agradeces
todo tu esplendor.
Te perderías
en ti misma, luz,
en el espacio sin fin
te disolverías,
si ella no te sostuviese,
si no te ciñese
para que te calentases
e, inflamándote,
el mundo engendrases.
En verdad yo fui antes que tú fueras;
con mi linaje
me envió la Madre
a habitar tu mundo
y a consagrarlo con el amor.
A dar
sentido humano
a tus creaciones.
Aún no maduraron
estos divinos pensamientos.
Aún son las huellas
de nuestra presencia
poco.
Algún día indicará tu reloj
el fin del tiempo;
entonces tú llegarás a ser
como uno de nosotros,
y, llena de añoranza,
te extinguirás y morirás.
En mí siento
el fin de la actividad,
celestial libertad,
bienaventurado regreso.
En mi salvaje dolor conozco
tu alejamiento
de nuestra patria,
tu resistencia
contra el antiguo
cielo soberano.
Pero en vano es tu furor,
tu rabia.
Indestructible
se yergue la Cruz,
bandera de triunfo
de nuestra raza.
Hacia allá voy yo,
y cada tormento
será un día una espina
de la rosa del placer.
Dentro de poco tiempo
seré libertado,
yaciendo ebrio
en el regazo del amor.
Inacabable vida
viene hacia mí;
yo desde arriba miro
hacia ti, a lo lejos.
En esta colina
se extingue tu resplandor,
una sombra te ofrece
la helada guirnalda.
¡Oh!, absórbeme, Amante,
poderosamente,
¡que pronto pueda
adormecerme para siempre!
Percibo de la muerte
el flujo renovador,
y espero en las tempestades
de la vida lleno de ánimo.
«De él quiero hablar
y con amor ser testigo
mientras
aún viva entre los hombres.
Porque sin él
¿qué sería nuestro linaje,
y qué hablarían los hombres,
si no hablaran de él,
su fundador,
su espíritu?»


















V

Sobre los dilatados linajes

de los hombres
reinaba antes de los tiempos
un férreo destino,
con mudo poderío.
Una oscura,
pesada venda
ligaba sus
temerosas almas.
Sin límites era la tierra,
la residencia de los dioses
y su patria.
Rica en alhajas
y esplendorosas maravillas.
Desde la eternidad
se alzaba su misterioso edificio.
Desde las azules montañas
de la mañana,
hasta el sagrado
seno del mar ,
habitaba el sol,
la luz, que todo la encendía,
la vivificad ora luz.
Un viejo gigante
sostenía el dichoso mundo.
Inmóviles bajo los montes
yacían los primitivos hijos
de la madre tierra...
Impotentes
en su furor destructor
contra la nueva,
soberana raza divina,
y los familiarizados,
alegres hombres.
Del mar profundo
la azul hondura
era el regazo de una diosa.
Celestiales hordas
vivían en gozosa alegría
en las cristalinas grutas.
Ríos y árboles
flores y animales
tenían sentido humano.
Más dulce sabía el vino
porque jóvenes dioses florecientes
se lo daban a los hombres...
Del dorado grano
las gavillas plenas
eran un regalo divino.
La ebria alegría del amor
era un sagrado culto
de la belleza celeste.
Así era la vida
una eterna fiesta
de dioses y hombres.
Y puerilmente veneraban
todos los linajes
la suave llama deliciosa
como lo más alto del mundo.
Sólo había un pensamiento
que, temible, entró hasta las alegres mesas
y el ánimo cubrió de salvaje terror.
Ni los mismos dioses supieron un remedio
que el corazón llenara de dulce consuelo.
Misterioso era el sendero de este monstruo,
cuyo furor ninguna súplica ni ofrenda apaciguaba.
Era la Muerte, que este festín de gozo
con miedo, dolor y lágrimas interrumpía.
Para siempre ausentado ya de todo
lo que aquí mueve el corazón en dulce placer...
separado de los amados que en la tierra
sufrieron vana nostalgia y largo dolor...
parecía concedido al muerto un tenue sueño sólo,
impuesto a él un mero luchar impotente.
Rota quedó la ola del goce,
en la roca de la inacabable desazón.

Con osado ánimo y alto ardor de los sentidos

embellecía el hombre su horrible máscara.
Un pálido joven apaga la luz y duerme;
suave es el final como un trémolo del arpa.
El recuerdo se fundió en la fresca ola de sombra;
el verso lo cantó a la triste necesidad.
Pero indescifrada quedó la eterna noche,
el grave signo de un lejano poder.

Hacia su ocaso se volvió
el viejo mundo;
el alegre jardín
de la joven raza
se marchitó,
y hacia fuera
al más libre espacio
se movían los maduros,
ya no pueriles hombres.

Se habían ocultado los dioses,
sola y sin vida
quedaba la naturaleza,
exánime entre el severo número
y la férrea cadena,
que se habían tomado leyes.
Y en forma de ideas,
como en polvo y en aire,
cayó arruinada la inestimable floración
de la milenaria vida.
Había volado
la omnipotente fe,
y la transformadora
y hermanadora de todo,
compañera del cielo,
la fantasía.
Desapacible sopló
un frío viento nórdico
sobre la aterida campiña,
y nuestro país de maravillas
se disipó en el éter,
y las inacabables lejanías
del cielo
se llenaron de luminosos mundos.
En el más hondo santuario,
en el más alto espacio del espíritu,
se recogió el alma del mundo
con sus poderes,
a reinar allá
hasta la llegada
del nuevo día,
del más alto esplendor del mundo.
Ya no fue la luz
la morada de los dioses
y el signo de los cielos.
El velo de la noche
pusieron sobre sí ellos;
la noche se hizo
el fecundo seno
de las revelaciones.
En medio de los hombres,
en el pueblo por todos
desdeñado,
demasiado pronto maduro,
y tercamente extraño
a la feliz inocencia de la juventud,
apareció el nuevo mundo,
de rostro nunca visto...
En la prodigiosa choza
de la pobreza,
un hijo de la primera virgen y madre;
del misterioso abrazo
fruto inagotable.
Del país del amanecer
la profética sabiduría
floreciente,
reconoció primero
el nuevo principio del tiempo.
Un astro le mostró el camino
a la cuna humilde
del rey.
En nombre del vasto futuro
le adoró
con el brillo y el aroma,
las más altas maravillas de la Naturaleza.
Se desplegó en soledad
el corazón celestial
en el ardiente seno del amor,
vuelto hacia al alto rostro del Padre...
y descansando en el corazón,
dichoso de presentimientos,
de la querida, grave Madre.
Con fervor divinizador
miraba la profética pupila
del niño floreciente
hacia los días del futuro,
hacia sus amados,
los renuevos de su tronco divino,
sin preocuparse del terrenal destino
de sus días.
Pronto se recogieron los más infantiles corazones,
mágicamente prendidos
de omnipotente amor 
en torno de él.
Como una flor germinaba
una nueva, extraña vida
en sus proximidades...
Irrestañables palabras,
y la más gozosa embajada,
como chispas
de un espíritu divino,
cayeron de sus amorosos labios.
Desde lejanas playas,
nacido bajo el sereno
cielo de la Hélada,
vino un cantor
a Palestina.
Y entregó todo su corazón
al prodigioso Niño:
Tú eres el joven que desde largos tiempos
sobre nuestras tumbas se yergue en hondo sentido;
un signo consolador en la tiniebla,
comienzo gozoso de más alta humanidad.
Lo que nos sumergía en profunda pesadumbre
nos aparta con dulce añoranza ahora de aquí.
En la muerte la vida eterna se hace patente;
Tú eres la muerte y sólo tú nos sanas.

El cantor fue
lleno de alegría
al Indostán
y llevó el corazón
colmado de amor perenne,
y lo derramó
en ardientes cantos
bajo aquel suave cielo,
que más íntimamente
a la tierra se abraza,
que mil corazones
se inclinaron hacia él,
y la alegre embajada
mil veces se volvió a alzar .
Poco después de la ausencia del cantor
la preciosa vida fue
víctima de la profunda
decadencia humana;
murió en joven edad,
arrebatado
del amado mundo,
de la llorosa madre
y de sus amigos.
De indecibles penas
oscuro cáliz
apuró la boca sagrada;
en terror espantable
llegaba a él la hora del nacimiento
del Nuevo Mundo.
Reciamente peleó con el antiguo pavor de la muerte,
duro sobre él cayó el peso del mundo viejo;
una vez aún miró amorosamente hacia su Madre...
Entonces llegó del eterno amor la mano libertadora,
y El se adormeció.
Por unos pocos días
colgó un espeso velo
sobre el mugiente mar,
sobre la oscura, trémula tierra.
Incontables lágrimas
lloraron sus amadores.
Descifrado quedó el misterio;
celestiales espíritus alzaron
la antiquísima piedra
de la oscura tumba.
Ángeles se posaron junto al durmiente,
amorosos sueños
de propicio símbolo.
Él se alzó, en nueva magnificencia divina,
creció, hacia las alturas
del rejuvenecido, renacido mundo;
sepultando con sus propias manos
el viejo mundo muerto con él,
en su abandonada cueva,
y colocó, con omnipotente fuerza,
la piedra, que ningún poder alza.
Aún lloran tus amados
lágrimas de alegría,
lágrimas de ternura
y de inacabable agradecimiento
junto a tu sepulcro...
Alegremente asombrados,
te miran aún siempre
resucitar ,
y ellos contigo...
Te ven llorar con dulce fervor
en el bienaventurado pecho
de la Madre
y en el fiel corazón
del amigo...
te ven apresurarte lleno de nostalgia
hacia los brazos del Padre,
llevando en ti la joven,
infantil humanidad,
y del dorado futuro
el inagotable licor .
La Madre corrió hacia ti
en el celestial triunfo;
ella era la primera
en estar en la nueva patria,
contigo.
Largos tiempos
volaron desde entonces
y en fulgor siempre más alto
se ha movido tu nueva creación.
y millares de hombres
en penas y tormentos,
te han seguido llenos de fe
de añoranza y de confianza;
y gobiernan contigo
y la celestial Doncella
en el reino del amor
y sirven en el templo
de la muerte celestial.
Alzada está la piedra,
la humanidad ha sido resucitada.
Todos ya somos tuyos
y no sentimos ligaduras.
La más amarga pena huye
ante tu dorado vaso
en la última cena
cuando tierra y vida se disipan.

A bodas llama la muerte,
las lámparas arden claras.
Las vírgenes ya acudieron
y no hay falta de aceite.
¡Que la lejanía resonara ya
de tu cortejo!
¡Que las estrellas nos llamaran ya
con boca y voz humanas!
A ti, María, se alzan
miles de corazones;
en esta vida de sombra
sólo te reclaman a ti.
Esperan restablecerse,
con gozo lleno de presentimientos
tú los estrechas, sagrado ser,
contra tu fiel pecho.
Muchos, que inflamándose
en amarga pena se consumen
y huyendo de este mundo,
sólo a ti se vuelven,
con su amparo nos aparecen
en mucha necesidad y tormento...
Hacia ellos vamos ahora
para ser allí eternamente.
Ahora no llora en una tumba
con dolor, quien amando cree.
La dulce hacienda de amor
a nadie será arrebatada.
Por los fieles hijos del cielo
es vigilado su corazón.
Para aliviar la nostalgia
la noche le exalta.

Confiada, la vida avanza
hacia la vida eterna;
de interior fuerza dilatado
se ilumina nuestro espíritu.
El mundo estelar se derretirá
en dorado vino de vida!
nosotros lo beberemos
y seremos lucientes estrellas.
El amor está libertado,
y nunca habrá separación.
Ondula la vida plena
como un infinito mar .
iSólo una noche de placer,
un eterno poema!
y todo nuestro sol
es el semblante de Dios.








Hacia abajo, al seno de la tierra,
¡lejos del imperio de la luz!
El furor de los dolores y su salvaje toque
es señal de alegre partida.
Llegamos en estrecha barca
rápidos hasta la orilla de los cielos.
¡Alabada sea la eterna noche,
alabado sea el eterno sueño !
Aún cuando el día nos ha calentado,
nos ha marchitado la larga pena.
Indiferentes ya a la tierra extranjera,
al Padre buscamos en casa.

¿Qué haremos ya en este mundo,
con nuestro amor y fidelidad?
Lo antiguo es abandonado;
y ¿qué nos importará lo nuevo ?
¡Oh, que solo está y hondamente afligido
quien piadoso y cálido ama la antigüedad!

La antigüedad, cuando los sentidos

ardían vivos y en altas llamas
y la mano del Padre y su rostro
los hombres aún reconocían,
y con alto ánimo, ingenuamente,
aún alguno se asemejaba a su Prototipo.

La antigüedad, cuando en ricas floraciones
antiquísimos linajes resplandecían,
y los niños, por el reino celestial,
tormento y muerte deseaban;
y aun cuando hablaban de gozo y vida
muchos corazones se rompían de amor .
La antigüedad, cuando en el ardor juvenil
Dios mismo se manifestaba;
y su dulce vida consagraba con amor
valiente a la temprana muerte
y no rehuía miedo ni dolor
para perpetuar nuestra fidelidad.
Con temerosa nostalgia la contemplamos,
envuelta en la oscura noche,
y aquí en este mundo nunca
se apaciguará la abrasadora sed.
Habremos de volver ala patria
para ver ese sagrado tiempo.
¿Qué detiene aún nuestro regreso?
Los más amados descansan hace mucho ya.
Su tumba concluye la carrera de nuestra vida,
nos hiere ahora y nos hace medrosos.
Ninguna otra cosa nos queda que buscar.
El corazón está harto, el mundo está vacío.
Interminable y misterioso
nos atraviesa dulce tormento.
Me parece oír, en honda lejanía,
un eco de nuestro llanto.
Quizá los amados nos añoran también
y nos enviaron un soplo de la nostalgia.




¡Hacia abajo, hacia la dulce prometida,
hacia Jesús, el amado!
iConfianza!, el crepúsculo vespertino alumbra
extinguiéndose, al amador y al afligido.
Un sueño rompe nuestras ataduras,
y nos sumerge en el seno del Padre.


lunes, 2 de mayo de 2011

El Aleph

JORGE LUIS BORGES

O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space.
Hamlet, II, 2.

But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nuncstans (as the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hicstans for a infinite greatnesse of Place.
Leviathan, IV, 46





La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos, Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí gradualmente confidencias de Carlos Argentino Daneri.
Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada: había en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz)grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas en Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas."
El 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno
- Lo evoco - dijo con una admiración algo inexplicable - en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora convergían sobre el moderno Mahoma.
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.
Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera bre- ve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción.
He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
No corrijo los hechos, no falseo los nombres,
Pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.
Estrofa a todas luces interesante - dictaminó -. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero - ¿barroquismo, decadentismo, culto depurado y fanático de la forma? - consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite ¡sin pedantismo!acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos e apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano...Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!
Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso; nada memorable había en ella; ni siquiera la juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otro. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa extravagancia al poema (1 ).
Una sola vez en mi vida he tenido la ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calla Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa (2):
Sepan. A manderecha del poste rutinario,
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta - ¿Color? Blanquiceleste -
Que da al corral de ovejas catadura de osario.
- ¡Dos audacias - gritó con exultación - rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito! Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror, pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector, se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.
Hacia la medianoche me despedí.
Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri - los propietarios de mi casa, recordarás - inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer". Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:
- Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.
Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.
Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz(ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.
A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizás coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente nada ocurrió - salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.
El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.
-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! - repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo; además se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.
El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dio que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.
- Está en el sótano del comedor - explicó, aligerada su dicción por la angustia -. Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
-¡El Aleph! - repetí.
-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.
Traté de razonar.
-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
-La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.
-Iré a verlo inmediatamente.
Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbos, por lo demás... Beatriz(yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.
En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:
- Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.
Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.
- Una copita del seudo coñac - ordenó - y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indis-pensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

Ya en el comedor, agregó:
- Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.
Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.
- La almohada es humildosa - explicó - , pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.
Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Sentí infinita veneración, infinita lástima.
-Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman - dijo una voz aborrecida y jovial - . Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!
Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:
-Formidable. Sí, formidable.
La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:
-¿La viste todo bien, en colores?
En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme y le repetí que el campo y la seguridad son dos grandes médicos.
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido.
Postdata del 1º de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura (3). El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.
Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no parece casual. Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.
Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres - la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19) - , y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores(además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".
¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.